Las urnas desafían las encuestas

Por: Salvador Crespo – Publicación de Metropoli24
 
El panorama electoral boliviano, con la segunda vuelta presidencial entre Jorge «Tuto» Quiroga y Rodrigo Paz, es una mina de oro para el análisis político, demostrando que las urnas a menudo desafían a las encuestas. El hecho de que el Partido Demócrata Cristiano (PDC), con Paz a la cabeza, tenga una excelente opción de victoria, a pesar de estar continuamente rezagado en los sondeos, se explica por un profundo fenómeno de voto oculto y reactivo que las empresas encuestadoras no están logrando captar.
 
Este análisis se centra en la dramática inversión de resultados entre la intención de voto preelectoral de agosto y la realidad de la primera vuelta, lo que convierte a la reciente encuesta de septiembre a favor de Quiroga en, a lo sumo, una advertencia, pero nunca en una sentencia definitiva. Antes de la primera vuelta, los sondeos ubicaban a Paz entre el tercer y quinto lugar con un apoyo de un solo dígito, mientras que el resultado oficial lo catapultó al primer lugar con el 32,06%, superando al 26,70% de Quiroga.
 
Esta diferencia de más de cinco puntos porcentuales fue un error catastrófico de la demoscopia boliviana. Este error no es casual; se debe a que el voto por Paz no es el voto tradicional de un partido consolidado, sino un voto de castigo transversal. Este aglutinó tanto a la izquierda desencantada con el Movimiento al Socialismo (MAS) —cuyo llamado al voto nulo representó un 22,37% en primera vuelta— como a ciudadanos hastiados de la política tradicional, la misma que ven encarnada en la figura de Quiroga.
 
El PDC se ha beneficiado enormemente del «Factor Lara»: la presencia de Edman Lara como compañero de fórmula. Lara, un capitán de policía que dimitió públicamente tras denunciar corrupción, atrae al votante que busca una figura auténticamente outsider, alguien que no sea un «dinosaurio» político. Este voto de protesta, impulsado por una campaña efectiva en redes sociales, es inherentemente subestimado por las encuestas, ya que sus votantes son menos predecibles o más renuentes a manifestar su apoyo a una opción inicialmente percibida como débil.
 
La primera encuesta de la segunda vuelta, que da a Quiroga un 47% frente al 39,3% de Paz, debe tomarse como una alerta, no como una profecía. Este sondeo probablemente recoge la consolidación natural del voto de la derecha tradicional hacia Quiroga, dado que Samuel Doria Medina quedó fuera. Sin embargo, su principal falla radica en ignorar la capacidad de Paz para atraer al voto indeciso, nulo y blanco que, en conjunto, sigue sumando cerca del 25% en la segunda vuelta.
 
En el tablero estratégico, Quiroga representa la experiencia, pero también el pasado y la continuidad de una élite política que gobernó antes del MAS, mientras que Paz encarna la novedad y la protesta anticorrupción. El electorado boliviano, inmerso en una profunda crisis económica y fatigado tras 20 años de dominio del MAS, se inclina por el cambio, incluso si este cambio no proviene de las figuras que las encuestas históricamente han validado.
 
La victoria de Paz en la primera vuelta fue el voto de la sorpresa; la clave del PDC es asegurar que esta sorpresa se convierta en la consolidación del cambio en el balotaje. El camino a la Presidencia pasa por la victoria en el campo del voto oculto y el desencanto.
 
Al parecer y si la tendencia se mantienen, el PDC tiene todas las posibilidades para obtener la silla presidencial y eso será gracias al votante, que apuesta por algo nuevo y enterrar todo aquello que no supo administrar el país y que solo trabajó para engordar sus cuentas a costa de las arcas del estado. Este octubre se confirmará o negará la tesis de que el fenómeno del voto oculto supera y de lejos, los pronósticos de las encuestadoras, que nos son otra cosa, empresas con intereses al servicio de alguien.
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